MARC GASOL
Introducción:
En las noches lluviosas de invierno era común en algunas casas del pueblo que toda la familia se situara alrededor del calor del fuego y que escucharan las historias del abuelo, que por sus años eran muchas. En esta historia este abuelo se llama Marc Gasol y, a sus ochenta años, no tenía problemas para acordarse con plena lucidez de muchas vivencias tanto suyas como de conocidos y también oidas.
A lo largo del libro Marc Gasol, ante la atenta mirada de los suyos, procede a iniciar su narración comenzando por la historia que hacía poco le habían contado en una cena en el único bar del pueblo.
Historia nº 1: Andanzas de la piritos
La señora Josefa Jiménez Jiménez nació hace 78 años en un pueblo llamado Aldeanuela de Santa Cruz.
Lo cierto es que para aquella época, Josefa era una persona privilegiada ya que, en primer lugar podía asistir regularmente a las clases que se daban en el pequeño colegio de dicho pueblo mientras otros niños tenían que saltárselas para ir a ayudar a sus padres en sus tareas agrícolas o ganaderas para poder subsistir. Como estudiante no era muy buena. La verdad es que en lugar de atender las explicaciones de la profesora se dedicaba a pensar a que iba a jugar en cuanto saliera del colegio y, cuando tenía que hacer alguna cuenta, se la copiaba al compañero de al lado. Con frecuencia su padre se iba a otros pueblos para conseguir dinero con su trabajo y cuando eso ocurría Josefa iba a esperarle a un lugar del pueblo porque sabía que le habría comprado lo que ella llamaba “piritos” cuando la mayoría de los niños del pueblo no los veían ni en pintura.
Poco a poco fueron pasando los años y sus padres pensaron que ya iba siendo hora de deshacerse de es hija tan vaga que nada más que les reportaba gastos mientras que las otras hijas si que eran buenas trabajadoras. Así surgió la oportunidad de encasquetarle a su hija a una señora De Madrid que no sabía la que se le venía encima.
A su llegada a Madrid tuvo la suerte de encontrarse trabajando en un chollo de casa ya que, más que trabajar, estaba de juerga casi todas las noches, puesto que noche tras noche se iba a los mejores teatros de la ciudad para disfrutar de los espectáculos del momento.
En esas estaba la famosa Josefa cuando decidió que para seguir viviendo del cuento tenía que encontrar a algún hombre despistado y ese hombre era un tal Leandro de Madrid que también era del mismo pueblo pero que vivía en Madrid con sus padres que eran dueños de una importante pastelería de la capital sita en la calle Príncipe. Pepita vio en esa pastelería una gran fuente de ingresos a la que podría acceder sin pegar ni golpe y se dijo: ¡Este buen partido me lo quedo yo!, pero la salió mal el asunto porque con la Guerra Civil los padres de Leandro tuvieron que malvender la pastelería y, después, de la guerra, el dinero que les habían dado por la pastelería no tuvo validez.
Después, en vistas que la habían salido mal los planes, se dedicó a traerse a sus familiares a la casa de su marido para que, a cambio de muy pocas atenciones, sacarles a los pobrecitos casi todo el poco dinero que les daban en sus trabajos. Al final esos familiares vieron que Doña Pepita estaba viviendo de gorra a costa de ellos y de un marido que trabajaba de sol a sol mientras ella se dedicaba a escuchar las radionovelas y de darle al palique todo el día con la vecinas de la escalera y decidieron darse el piro de esa casa.
Aún así tuvo suerte ya que al Señor Leandro le llegó la hora de jubilarse y Doña Pepita se dedicó a ir de viaje por toda España gastándose la pequeña pensión de su marido.
Así pues, después de vivir del cuento toda su vida encima le pidió cuentas a su nieto por las cuatro pesetas que le había dado en otros tiempos.
En conclusión, no se puede dar menos palo al agua en toda una vida que lo que hizo nuestra famosa Doña Pepita.